sábado, 6 de noviembre de 2010

Dos años de ausencia...


Fue hace dos años que subí mi última entrada al blog, y aún ahora no sé por qué me fui, tal vez influyó que el "Diablo" me dijera que era aburridísimo y confío en su juicio, o tal vez sólo pasó el tiempo y mientras sucedía, pensaba: "Ya volveré", o tal vez me amordazó los dedos aquello de trabajar escribiendo (descubro de a poco que hacerlo tiene un costo: me mata las ganas de escribir por gusto).

Aunque claro, en este tiempo hice mi primer libro, se llama: Nosotras también tiramos a gol, en él entrevisté a mujeres maravillosas e inteligentes con quienes pude compartir dos cosas que amo: escribir y el futbol, y es que quien piense que editar entrevistas no es escribir... lo invito a intentarlo.

martes, 30 de septiembre de 2008

¿Por qué?

Estoy a punto de ir a dormir, entonces me pregunto: "¿Por qué nunca sueño con las personas que extraño?". Sobre todo con aquellas a las que no puedo acceder de otra manera, estoy a punto de ir a dormir y me llevo la esperanza de que esta noche es propicia para el reencuentro.

lunes, 11 de agosto de 2008

Naturaleza lunapersonal

Lágrimas de luna persona que brotan de la honda herida del infinito de un cuerpo. Herida que sangra en el torso, justo en el lado izquierdo, y supura agua de luna y tristeza, mientras la luna persona parece deshabitada, perdida en un laberinto de recuerdos que se niegan a volverse olvido y no sin razón porque, ¿a quién le gusta ser olvido? o, mejor dicho, ¿ser olvidado?

Las lunas persona lloran su experiencia y se lamentan de lo doloroso de su menguar, del cuarto creciente, de volverse llenas. Se duelen del ciclo, de los giros interminables que les provocan primero náuseas y luego las hacen vomitar.

Lunas persona que se consuelan pensando que todo tiene una razón, un por qué y un para qué, que se sostienen para cumplir un destino y hacer uso de las “ayudas invisibles” como si al Universo le importaran las lunas que sangran y lloran. Como si Dios se preocupara de su pequeñez, de su memoria o su vacío. Pobres lunas persona, tan heridas, tan solas, tan vulnerables... pobres lunas danzantes que inventan sentidos sólo para ser satélite, al menos, un día más.

sábado, 12 de julio de 2008

No dejo

Hoy me estuve recordando, pensé en aquella Esther de hace cinco o diez años atrás, me vi como en una película que sólo corría por mi mente, como si en algún momento realmente hubiera sido espectadora de mi propia historia. Pensé tanto en mi, en esa otra mi que comencé a extrañarla... extrañarme.

Me recuerdo y sobreviene la nostalgia. La vida, mejor dicho: vivir, me ha quitado un poco de lo que era, las pupilas ya no se dilatan con facilidad, he perdido intensidad y fe, no fe en Dios que ya me parece un ítem más complicado, fe en lo cotidiano, en aquellas cosas que crecí dando por hecho... por muchos años creí que ciertos elementos de mi futuro más que posibilidades eran certezas; hoy ya ni siquiera los pienso ni como una ni como otra cosa.

Encuentro que me cuesta trabajo pensar en el amor y cuando lo hago sólo me lleno de preguntas: ¿podré volver a enamorarme?, ¿seré capaz de convivir con otro ser?, ¿soportaría la vulnerabilidad en que históricamente me ha puesto ese estado? y, lo más importante, ¿sobreviviría a una rotura de corazón?

Pienso en mi y en la que era y me extraño, entonces me preguntaba menos y me atrevía más.

domingo, 15 de junio de 2008

...

Ella extraña esas "otras" tierras, esos pasos andados, los olores perdidos de un tiempo lejano... extraña a la que fue ese día que, hoy, casi no recuerda, como si aquella en la que piensa hubiera sido otra mujer, una con el mismo nombre y día de nacimiento. ¡Felices 35!

jueves, 22 de mayo de 2008

miércoles, 21 de mayo de 2008

El calendario, que cambia de hojas rápidamente, marca 13 de agosto de 2005. Suena el teléfono y todo se congela, escucho palabras, las más contundentes: “Ha muerto”.

El mundo se vuelve un glaciar redondo con los polos achatados... flotante, frío, inhóspito y completamente blanco. Y aunque es un mundo lleno, llenísimo de gente, estoy infinitamente sola.

Llueve y siento estacas de hielo cruzándome en todas direcciones: en cuanto me penetran, me vuelven también de hielo, me siento ajena a lo que está y veo, excepto a ti que me dueles; y aunque todo es frío, y aunque me crujen los huesos, y aunque sangro, este es un dolor diferente de todos, es como el hielo que me rodea, como el que soy: puro y blanco.

Me dueles porque te amo, me dueles porque de ti sólo quedará la ausencia.

¿Entiendes lo que significa nunca más?, mejor dicho, ¿lo entiendo yo? Nunca más tus ojos, tus manos... ya nunca más de carne, ya nunca más habitados, ya nunca más conmigo.

Quizá algún día el hielo volverá a ser agua, quizá entonces podré llorar y llorar hasta descongelarme y fluir por delgados y largos cauces, cauces como cabellos a los que los rayos del sol quemarán con fuerza para que, por fin, pueda evaporarme.

Te extraño tanto...

martes, 22 de abril de 2008

En dónde...

El juicio final, atribuido a El Bosco, s. XVI

Dónde quedará ese lugar tan cierto y tan perdido... ese a donde se mudan las ganas de los seres cuando son desalojadas del cuerpo inerte. ¿Cuál es el camino que toman la pasión, los abrazos y los besos?, ¿en dónde se esconden?, ¿se quedan suspendidos en el aire esperando adherirse a la boca de un extraño que se abre?, ¿hay un Limbo para los besos?, ¿un Purgatorio?, ¿un Cielo o Infierno que los contiene? ¿A dónde van las ganas tras la muerte?, ¿o las ganas se van por anticipado y por ello perecemos?, ¿morimos de abandono?


La muerte no es más que la vida eterna, o mejor dicho: la muerte es eterna, omnipresente en la vida. Se nace y se muere con cada nuevo ciclo, al cumplir un año más. Al exhalar se muere, al inhalar se nace: vida y muerte siempre juntas, siempre manifiestas.

Las personas mueren al tener que romperse para poder continuar, para reordenar lo que son, para corregir el camino. Nacen cada vez que se enamoran y mueren con el último beso, con cada nueva despedida: el adiós mata... no para siempre, el aliento se recupera cuando se encuentran dos pares de ojos y logran unir las manos.

La despedida es eterna, nos despedimos de cuerpos muertos, quizá reducidos a cenizas, nos despedimos de cuerpos vivos que en nosotros se quedan muertos, guardados en una imagen que con el tiempo también muere, que con el tiempo deja de significar. Si en algún momento nos reencontramos con esos cuerpos, actuamos como si nos topáramos con fantasmas, porque esos, a quienes lloramos y guardamos luto, siguen vivos fuera de nosotros; a pesar de nosotros... eso horroriza.

Nos despedimos de sueños que al morir se convierten en agonizantes pesadillas, nos despedimos de búsquedas en las que no hay nada por encontrar más que cementerios, decimos adiós a las ilusiones irrealizables y, conforme crecemos, aprendemos a enterrar la esperanza, aún peor, muchos sueños se pierden en el camino, enfermos y moribundos mejor se olvidan. Los caminos están llenos de esqueletos de sueños muertos.

Cada renacimiento implica haber triturado y digerido la pequeña muerte sufrida y, al final, cuando el cuerpo permanece verdaderamente inerte, aquel que por fin logró irse, tuvo que nacer y morir incansablemente a lo largo de una vida. Tal vez por eso se dice que la muerte del cuerpo es el descanso eterno, porque después de esa muerte ya no hay más renacimiento, ¿o si?
La sola posibilidad es una pesadilla. La sola posibilidad es un grito mudo.

jueves, 10 de abril de 2008

Los agobios de los otros...

La vida: hermosa y complicada. Nada nuevo, todos lo sabemos desde que cobramos conciencia, bueno, en caso de que suceda. Quizá todo sería más sencillo si la conciencia no llegara... ya no sé ni qué escribo. La confusión es tal vez producto del calor, o de la proximidad de los 35, que a mi no me preocupan tanto pero, de pronto es tal el agobio de los otros que comienzo a creer que vivo una especie de evasión, un no darme cuenta de que en realidad estoy muy muy mal.

En estas semanas han sucedido varias cosas, mis amigos se preocupan porque no tengo novio, me quieren convencer de que la vida es mejor en compañía y de eso estoy convencida, sólo que no es como ir a la tienda y comprar algo que necesitas o te ajusta, no no no... eso de coincidir, atraerse, interesarse, enamorarse y decidir permanecer (sólo por hoy) no es tan sencillo y no depende de una voluntad, de mi voluntad, ¡claro que quiero enamorarme! Amar es el mejor estado que puedo experimentar, si no soy de piedra.

El otro agobio es eso de los hijos, les preocupa no verme embarazada... de hecho ayer tuve una charla cibernética al respecto, creí que no me había impactado hasta que en la noche desperté a medio sueño, en él estaba embarazada y me encontraba en el dilema de decirle o no al padre... no puedo con el rechazo así que la cuestión era para preocuparse; de pronto desperté sobresaltada, una pregunta me hizo abrir los ojos y podría jurar que estaba sudando: "Ah chingá, ¿cómo puedo estar embarazada?... ¿y de quién?", buscaba un nombre y no encontré nada, entonces comprendí que sólo soñaba.

Me volví a dormir y, como pesadilla recurrente, el sueño regresó justo donde se había quedado, lo maravilloso fue descubrir los avances científicos y tecnológicos del mundo onírico pues aunque el ultrasonido mostraba que el bebé en cuestión era tan pequeño como una cabeza de cerillo, si el archivo se leía en la computadora, la pantalla mostraba cada detalle de un pequeño ser humano completito.

Hoy, en el ir y venir de un día de trabajo, no he podido dejar de pensar hasta qué punto me apropio los agobios de los otros... al grado que terminan por agobiarme, quisiera decirles a quienes se agobian por mi que no se preocupen, que mi vida no es tan horrible como parece, de hecho me las arreglo para disfrutarla y hasta creer que soy feliz, que si hubiera un hombre o un bebé para mi, o ambos, sería maravilloso, y si no, también. La vida pasa pronto y a veces por tanto anhelar se nos olvida disfrutar nuestra circunstancia. No nos agobiemos.

sábado, 5 de abril de 2008

Hay días...

...en los que me siento así. Hoy es uno de esos.

Después de todo...

...no somos tan diferentes.

A veces...

Hay días como hoy en los que me siento perdida, en los que me pregunto sobre el sentido de las cosas y aunque intento encontrar su paradero, definir una coordenada, no lo logro... no sé utilizar una brújula y eso empeora la situación, ¿o la sensación?

Hay días como hoy en los que recuerdo que estoy llena de ausencias, ausencias vueltas hueco... ¿por qué será que uno pierde algo con cada segundo que transcurre? Desde una célula hasta un sueño. Los días como hoy me recuerdan mis huequitos, todo eso que ya no está, que no es, y que por más que haga jamás voy a recuperar, entonces sobreviene la nostalgia.

Hay días como hoy en los que recuerdo que existen días diferentes.

jueves, 27 de marzo de 2008

Frases célebres de Arrigo 1995

“Los seres humanos somos seres transitorios inmersos en un fenómeno que se llama vida, parados sobre un escenario llamado mundo. Somos objetos de la naturaleza que tienen la dicha de pensar y razonar”.

“Dudo, luego pienso, pienso, luego soy”.

“Los viejos raboverdes que se ponen un pensamiento en la solapa, tienen pensamientos raboverdes solapados”.

“Para conquistar algo es necesario temerle al resultado opuesto; es decir, si se le teme a la pobreza, se hará lo posible para no ser pobre”.

miércoles, 12 de marzo de 2008

¿Locura?

"Todas las tardes imaginarias sube las escaleras imaginarias y se asoma al balcón imaginario"... desde allí contempla la extensión de ese otro que es su mundo. Extiende sus grandes alas púrpura, las sacude con desenfado y vuela, asciende muy rápido para luego dejarse caer en picada, con toda la potencia de que es capaz. Se impacta contra el piso y, de inmediato, se pone en pie, se levanta ileso... parece hecho de goma. Todos los días repite la rutina. Se sienta mientras las personas pasan y lo miran sin decir nada, aunque sus pensamientos tienen voz alta: “¡Está realmente loco!”, y aunque los escucha no le importa, quizá porque no sabe qué significa la locura aunque la viva.

No presta atención, es feliz a su modo, es feliz con su rutina. Extiende nuevamente sus alas y regresa al balcón imaginario donde las deja colgadas; luego desciende las escaleras imaginarias mientras reflexiona en torno a la locura. Concluye que está loco en cualquier mundo, en todas las realidades, aún en su sueño.

¿Será la locura una de esas realidades paralelas? ¿Será que con quienes compartimos lo que creemos real no son más que locos, internos en alguna institución de salud mental de un mundo completamente distinto? ¿Será el creerse poseedor de la razón una locura? De acuerdo con algunos tarotistas “el Loco” es, de entre todos los arcanos, el vagabundo cósmico, aquel que por tener una mente libre de barreras puede andar a su gusto a través de distintas dimensiones. Si es así, la locura es adorable. Vagar... vagar en el cosmos es muy parecido a una recompensa.

El loco es un ser que se divierte, nunca se aburre porque cuando está a punto de hacerlo da un salto y comienza a habitar un paradigma por demás distinto. El loco no se cuestiona, sólo vive. No le importa si el morado es el mismo para todos, no le interesa lo que ven los demás ni verlo de la misma forma, su locura radica en la capacidad que tiene para sorprenderse, para creer que todo es nuevo y para mudarse a otras realidades cuando comienza a identificar las cosas, con la misma naturalidad que quien se muda de casa: sólo los locos pueden colgar sus alas, sólo ellos tienen algo color púrpura.

Las lunas persona tememos a la locura —propia y ajena—, hemos destinado muchos recursos para reconocerla, ponerle nombres, identificar síntomas y variantes, crear tratamientos médicos y doctores especializados capaces de suministrar las dosis adecuadas de cada droga para controlar el estado, pero esos remedios sólo quedan en la superficie, no responden ni resuelven pero, ¿hay algo que responda?, ¿hay algo que resuelva?

Como sucede con muchas otras cosas, por más estudios y horas de observación, experimentos y tiempo que se le dedique, aún no sabemos qué es la locura, en qué lugar del cuerpo se guarda, si algún día llegará a nuestra vida o si sólo permanecerá rondando del mismo modo en que lo hacen las abejas cuando perciben el dulce e, inesperadamente, clavan el aguijón. Quizá sea que la locura, lo mismo que las abejas cuando pican a una luna persona, actúan al azar y en matemáticas actuar de ese modo es, en sí mismo, un patrón, ¿cómo descifrarlo?

¿Cómo se ve la desesperanza?


jueves, 6 de marzo de 2008

Fue un 12 de enero

La mañana del viernes 12 de enero de 2007 sucedió uno de mis despertares más tristes... en radio Monitor anunciaban la muerte de Arrigo, él fue un erudito de esos como hay pocos y, sin embargo, era de una sencillez admirable, le emocionaba cuando los taxistas lo reconocían tan sólo de escuchar su voz y, entonces, de inmediato, lo bombardeaban con preguntas sobre el significado de cualquier palabra. Él tan lleno de palabras y yo con tanto silencio por su ausencia...
Y cómo no iba a ser sencillo si por varios años comió conmigo cada miércoles sin falta, él invitaba la cuenta y yo pagaba el taxi para dejarlo en la escuela de escritores de Sogem... era 60 años mayor que yo y siempre me escuchaba, se interesaba por mis problemas de veinteañera confundida y me daba claridad, me explicaba sobre cualquier cosa, abría horizontes que me ampliaban la perspectiva y, cuando le daba a leer mis textos decía que él los disfrutaría, más no los criticaría porque... "Yo no sé de literatura", y entonces lo quería más, mucho más, pues yo sabía que él, valga la redundancia, sabía de literatura y de casi todas las cosas que existen en el mundo, y no exagero.

Arrigo fue un erudito, definitivamente, pero, desde mi punto de vista, lo más valioso que tuvo fue la capacidad de tocar almas y, con ese simple hecho, transformarlas, y eso nadie me lo contó, mi alma lo conoció y se volvió otra, una mejor, más viva, más llena... más alma.

En 1997 me dio una autosemblanza para que la capturara en computadora, yo la guardé, Arrigo dijo de su vida:

Pese a haber nacido en Italia y de padre italiano, por la temprana desaparición de éste, a la edad de catorce meses quedó al cuidado de su abuela materna, mexicana. Con ella, a los dos y medio años, fue refugiado en Barcelona, España, al aliarse Italia a los países que se opusieron al imperialismo alemán en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

A sus seis años, siempre con la abuela, hizo una visita, en Rosario, Argentina, a una tía paterna que allá había emigrado. Entre las edades de siete a ocho y medio años, vuelto a Italia, vivió en la casa de su madre, en Milán, que prácticamente era el refugio del Consulado General de México.

Por todo lo anterior, su primera lengua fue el español, y apenas tuvo contactos con el catalán y el italiano. Por consiguiente, cuando lo trajeron a México, a mediados de 1921, no tuvo dificultad alguna para adaptarse al lenguaje capitalino, en cuyas más auténticas fuentes abrevó, hospedado en el número 13 de Isabel la Católica —zona lagunillera—, hizo su primaria en el 8 de la calle de la Perpetua (la prisión inquisitorial), hoy Venezuela. Deambuló por El Carmen, Tepito, Peralvillo, La Merced y el centro comercial de entonces. Allí estaba toda la vida de la Metrópoli: las facultades, los mercados, los teatros, los primeros cines, los cafés y los restaurantes. No es raro, pues, que le hubiese llamado la atención que, en un mundo tan disímbolo, la gente, de tan diversos estratos culturales, se comunicara sin dificultad en las más variadas circunstancias de contacto humano. Fue entonces cuando, el tratar de explicarse tal fluidez de convivencia, nació su vocación de lingüista.

Los reveses económicos —el famoso crack internacional de los primerísimos treinta— lo obligaron a hacer estudios perentorios en disciplinas ajenas a sus más acariciados intereses.

Orientado, por el ejercicio de actividades de oportunidad, hacia la práctica de la propaganda mercantil, se profesionalizó en la publicidad.

En ella, una vez estabilizado en un nivel cómodo, de prestigio y de holgura económica, resucitó la curiosidad por ahondar en los problemas que el lenguaje plantea como medio de relación social; comenzó a investigar y el ámbito publicitario propició que comenzara a publicar los frutos de sus investigaciones.

Compatibilizó profesión y afición: sus primeras cátedras fueron de redacción publicitaria; en su oportunidad enseñó semiótica. Actualmente es director de un centro de estudios de la comunicación, profesor de lingüística en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México, contribuye, con un artículo por número, a la dilucidación idiomática de los tecnicismos propios de una prestigiada revista sobre nutrición, y cada catorce días responde preguntas del público, acerca de significados de palabras, en un muy popular noticiario radiofónico. Atiende, regularmente, un servicio de consulta sobre propiedad y corrección redaccional en la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Legislatura del Distrito Federal.

De sus frecuentes incursiones en el periodismo ha logrado compilar cuatro libros: el primero, agotado; los dos siguientes, en el mercado; y el cuarto, en preparación para editarse.

Durante los cuatro lustros que mediaron entre 1935 y 1955, tuvo una intensa actividad como narrador en programas musicales, primero en radio y luego en televisión, sobre todo en controles remotos de ópera o de orquestas sinfónicas.

Buen aficionado —mejor que algunos profesionales— a la lingüística, reconocido comunicador (¿o comunicólogo?), magnífico tragón (casi gastrónomo) y prelibante de la música, sin distinción de géneros, y de la conversación amistosa, ha disfrutado de la vida —aparte de su felicidad doméstica (tres esposas, cinco hijos y nueve nietos)—, a lo largo de ochenta y cuatro años cumplidos, el autor de esta autosemblanza.
Arrigo Coen Anitua

viernes, 29 de febrero de 2008

Ella escribe

Y es una de las mujeres más felices que he visto.

miércoles, 27 de febrero de 2008

De los hilos vueltos cosas

Todo empezó con los hilos de estambre y el resorte intercalado, nació como cualquier calcetín lo hace. Desde que estaba en la máquina hiladora era muy ambicioso, soñaba en guardarse dentro de un zapato italiano (por lo menos), envolviendo un pie limpio, delicado, sin callos, sin hongos pero, sobre todo, sin ojos de pescado porque aún sin conocerlos los imaginaba repugnantes.

La ilusión empezó a derrumbarse cuando lo pusieron junto a su hermano gemelo, eran muy parecidos más nunca iguales. Sigfrido era perfecto mientras que Anastasio tenía un pequeño hoyo a la altura del talón, detalle que los hizo terminar en un rincón de saldos.

Justo cuando acababan de llegar al botadero, una mano tosca y sucia que parecía esperarlos los sacó del montón (el sueño del zapato italiano se había desvanecido, aunque en el fondo Sigfrido tenía la esperanza de ser lavado a mano, claro está, previo remojo en agua tibia y champú o, por lo menos, jabón de baño).

La pesadilla comenzó el día en que Fabián estrenó sus calcetines, eran las cinco de la mañana, mala hora para enfrentarse a un verdadero ojo de pescado, la impresión fue devastadora, después el sudor que lo empapaba, la tierra que lo endurecía y esa prisión de zapato maloliente, el día... eterno.

Necesitaba respirar después de tantas horas, estaba ya mareado, con nauseas y ascos —de no ser varón, parecería embarazado— sin exagerar: ¡al borde de la histeria! En eso estaba cuando por fin el aire lo inundó, lo mismo que la luz.

Fabián sin el menor cuidado se quitó los calcetines y los botó en el suelo. Sigfrido al contrario de enfadarse se sintió feliz, liberado. Martha se agachó a recogerlos pero Fabián la detuvo: “Déjalos mujer, todavía me aguantan otra puesta” ¿Otra?, ¡otra! Sigfrido, tan pulcro, se quedó impávido, protestó y protestó hasta caer dormido.

Amaneció, estaba de muy mal humor, refunfuñaba mientras que Anastasio reía como loco: “Te ríes porque sabes que esto es culpa tuya y de tu estúpido hoyo, de no ser por ti a estas horas dormiría limpio y con calcetines de seda”, Anastasio, sin parar de reír se permitió hablar: “Ay, ay, ay no exageres, ni que fueras tan fino”. Sigfrido sintió que los hilos se le revolvían del coraje, pero sobre todo del asco cuando Fabián le metió el pie.

Ese día fue aún más insoportable que el primero. Por la noche, después del trabajo obligatorio, Martha se encargó de los calcetines (estaban más duros que dos trozos de cartoncillo) ¿Y cómo no? Con 48 horas de uso y acelerador, freno, acelerador, freno, ¡qué fastidio!

Cuando cayó en la tina de ropa sucia Sigfrido chiflaba contento, se había olvidado de todo, hasta del ojo de pescado. A su lado estaban las pantimedias quienes coquetas le lanzaban tronados besos, él, apenadísimo, en lugar de corresponderlas se escondió entre la playera de lunares.

El silbido terminó cuando las prendas empezaron a caer dentro de una gran boca con dientes en forma de aspas, Sigfrido desesperado se aferraba a los bordes, la playera de lunares lo tomó con ternura de la punta, de inmediato el pantalón de mezclilla, bastante molesto, jaló a la playera, ésta se sacudió al tiempo que decía: “Suéltame, ya estoy harta de tu absurda conducta celotípica”, el pantalón de mezclilla cayó dentro de la boca metálica, entonces la playera de lunares le dijo a Sigfrido: “No pasa nada chiquito. Ya verás que al salir te sientes otro”, él no escuchaba, seguía prendado del borde, pero Martha sin corazón y sin miramientos lo arrojó a la lavadora, primero el agua fría, luego un puño de detergente.

Sigfrido se retorcía como gusano: “Me pica, me pica”, mientras que la tanga negra lo envolvía y le susurraba provocativa: “Disfrútalo nene”. ¿Disfrutarlo? ¡Cómo! Era necesario que alguien le explicara cómo disfrutar una experiencia tan caótica... vivía el desastre, en medio de ese huracán todos se ahogaban, se hundían unos a otros por conseguir un poco de aire —como náufragos perdidos en el océano—. Se veían… no se veían, de la orilla a las aspas, de las aspas a la orilla. Y el desquiciado del pantalón que aprovechaba la menor oportunidad para intentar ahorcarlo con su larga pierna, sólo porque la playera de lunares había confesado su amor por Sigfrido, ¿amor?, ella siempre se enamoraba de todos, no distinguía prendas, colores, texturas y mucho menos marcas.

Después vino el ciclo de secado: un remolino, Sigfrido sentía cada vez más tenso el tejido, con cada vuelta se hacía más y más pequeño. El remate fue el tendedero, le apretaba como si quisiera reventarle la costura, estaba tan cansado que ni notó las insinuaciones de las pantimedias, que aprovechaban el viento más ligero para llegar hasta él y acariciarlo, ¡y qué decir de la tanga negra a su lado! Él sólo deseaba dormir en un cajón, y así, colgado bajo la luz de la luna se quedó dormido.

El calcetín despertó hasta que Martha doblaba la ropa. Sigfrido encogió tanto como el hoyo de Anastasio había crecido; Martha furiosa los apretó con el puño y le dijo a Fabián: “Te he dicho que no compres porquerías en los saldos... ve en lo que se ha convertido tu ahorro. ‘Lo barato sale caro’ y lo sabes”. Sin soltar los calcetines sacó unas tijeras del delantal y empezó por cortar a Sigfrido que derramaba lágrimas y sentidos: “Ayy, ayy, ayy...”. “Te advierto que no estoy dispuesta a seguir haciendo cojines con las porquerías que compras, ¡quedan durísimos caray!, y un par de tus baratas cuesta lo mismo que medio kilo de esponja”.

De Sigfrido no se supo más, pero desde donde esté quizá lo que más valore sea no tener que soportar los ojos de pescado (que realmente son repugnantes), en especial los de Fabián, que no sólo se multiplican sino que crecen día con día.

jueves, 21 de febrero de 2008

Sueños ponchados

De haberse llamado Edson o Diego quizá le hubiera sido más fácil creer que estaba destinado, pero no, y aún así el deseo de Emilio era tan intenso que dios se lo tendría que haber concedido; si no por el mérito, sí por la persistencia de la intención. El suyo no era un sueño fugaz: era recurrente. Lo asaltaba en las mañanas y en las noches, era un presente continuo.

Quería ser futbolista, pero no uno cualquiera: anhelaba convertirse en estrella, consolidarse como un crack, por supuesto, gracias a la magia de su toque y a sus incontables habilidades y convertirse en el mejor 10 de su generación, lo que por lógica lo llevaría a ser codiciado por los mejores equipos de Europa o Sudamérica y, ¿por qué no?, a la pantalla chica y los espectaculares que abundan en el paisaje urbano: hacer comerciales de detergentes, desodorantes, pomadas para los pies o ropa deportiva y hasta tener un club de fans.

Quería creer cierta la frase: “ten cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad”, aún más, necesitaba que se volviera una sentencia para su vida; pero sabía que sólo un verdadero milagro podría producir la materialización de su anhelo. ¿Por qué? Había una larguísima lista de razones pero bastará con mencionar algunas.

Para empezar tendría que convertirse en otro él, uno diferente, muy distinto… así tal cual no tenía posibilidades pues era todo lo contrario a un deportista y, por tanto, a un futbolista profesional. Su estructura no se caracterizaba precisamente por sus cualidades físicas o atléticas, de hecho era pequeño y por demás redondo; aunque a pesar de ello podía correr rápidamente y volar grandes distancias, eso sí, con una ayudadita.

Pero bueno, no tenía posibilidades de tomar un balón con los pies, amagarlo, pisarlo, marcar el ritmo, el tiempo y la dirección del juego, a él más bien le correspondía seguir dicha dirección, ni modo. Así que ni hablar de hacer jugadas de estrella: fintas, túneles, caracoleos, goles de oro o de media cancha.

Esa era su naturaleza y su naturaleza volvía al sueño inaccesible, aún así no podía evitar desear ser, tan sólo por noventa minutos, el personaje más odiado y amado de la cancha, de los veintidós en pugna, teniendo como marco un estadio a reventar donde, al unísono, cientos de miles de voces gritaran su nombre. El sólo hecho de imaginar esa situación lo invadía de algo muy parecido a la emoción, hasta que volvía a la realidad y entonces algo parecido a la tristeza lo llenaba más que el aire de su interior.

A veces en la vida el momento llega y a Emilio le llegó; aunque no era la realización literal de su sueño, participaría en uno de los partidos más importantes de la liga de su país. La noticia le llegó unas pocas horas antes; se sentía muy nervioso y temía equivocarse, hacer un mal papel. Aún así se armó de valor y salió a la cancha; era el minuto 35 del segundo tiempo y ya estaba algo mareado de tanto girar y correr; entonces sucedió la magia, el 10 del equipo local recibió pase del guardameta; el jugador parecía dirigir al balón en la carrera como si hubiera una fuerza magnética o una conexión especial entre sus pies y el esférico, así el delantero esquivó a varios jugadores que salieron al encuentro, burlados uno a uno, entre impresionados (de ese poder entre hombre y balón) y molestos, tomaron impulso y corrieron tras el delantero que ya no paró hasta tirar al arco, la fuerza de la patada fue tal que Emilio se quedó sin aire, de plano ponchado y eso que no estaba en un partido de béisbol.

Entonces más de la mitad del estadio al unísono gritó GOOOOOOOOOOOOL, Emilio, ya muy vacío, desde el fondo de la portería podía mirar a la gente eufórica o molesta y sintió por fin lo que tanto había anhelado, aunque claro, el nombre que gritaban no era el suyo sino el del 10 que superó a los once contrarios; al final eso no le importaba, sabía que para ser un balón había llegado muy lejos tan sólo por haberse permitido soñar, el aire finalmente le volvería al cuerpo claro está, después de ser parchado.