jueves, 27 de marzo de 2008

Frases célebres de Arrigo 1995

“Los seres humanos somos seres transitorios inmersos en un fenómeno que se llama vida, parados sobre un escenario llamado mundo. Somos objetos de la naturaleza que tienen la dicha de pensar y razonar”.

“Dudo, luego pienso, pienso, luego soy”.

“Los viejos raboverdes que se ponen un pensamiento en la solapa, tienen pensamientos raboverdes solapados”.

“Para conquistar algo es necesario temerle al resultado opuesto; es decir, si se le teme a la pobreza, se hará lo posible para no ser pobre”.

miércoles, 12 de marzo de 2008

¿Locura?

"Todas las tardes imaginarias sube las escaleras imaginarias y se asoma al balcón imaginario"... desde allí contempla la extensión de ese otro que es su mundo. Extiende sus grandes alas púrpura, las sacude con desenfado y vuela, asciende muy rápido para luego dejarse caer en picada, con toda la potencia de que es capaz. Se impacta contra el piso y, de inmediato, se pone en pie, se levanta ileso... parece hecho de goma. Todos los días repite la rutina. Se sienta mientras las personas pasan y lo miran sin decir nada, aunque sus pensamientos tienen voz alta: “¡Está realmente loco!”, y aunque los escucha no le importa, quizá porque no sabe qué significa la locura aunque la viva.

No presta atención, es feliz a su modo, es feliz con su rutina. Extiende nuevamente sus alas y regresa al balcón imaginario donde las deja colgadas; luego desciende las escaleras imaginarias mientras reflexiona en torno a la locura. Concluye que está loco en cualquier mundo, en todas las realidades, aún en su sueño.

¿Será la locura una de esas realidades paralelas? ¿Será que con quienes compartimos lo que creemos real no son más que locos, internos en alguna institución de salud mental de un mundo completamente distinto? ¿Será el creerse poseedor de la razón una locura? De acuerdo con algunos tarotistas “el Loco” es, de entre todos los arcanos, el vagabundo cósmico, aquel que por tener una mente libre de barreras puede andar a su gusto a través de distintas dimensiones. Si es así, la locura es adorable. Vagar... vagar en el cosmos es muy parecido a una recompensa.

El loco es un ser que se divierte, nunca se aburre porque cuando está a punto de hacerlo da un salto y comienza a habitar un paradigma por demás distinto. El loco no se cuestiona, sólo vive. No le importa si el morado es el mismo para todos, no le interesa lo que ven los demás ni verlo de la misma forma, su locura radica en la capacidad que tiene para sorprenderse, para creer que todo es nuevo y para mudarse a otras realidades cuando comienza a identificar las cosas, con la misma naturalidad que quien se muda de casa: sólo los locos pueden colgar sus alas, sólo ellos tienen algo color púrpura.

Las lunas persona tememos a la locura —propia y ajena—, hemos destinado muchos recursos para reconocerla, ponerle nombres, identificar síntomas y variantes, crear tratamientos médicos y doctores especializados capaces de suministrar las dosis adecuadas de cada droga para controlar el estado, pero esos remedios sólo quedan en la superficie, no responden ni resuelven pero, ¿hay algo que responda?, ¿hay algo que resuelva?

Como sucede con muchas otras cosas, por más estudios y horas de observación, experimentos y tiempo que se le dedique, aún no sabemos qué es la locura, en qué lugar del cuerpo se guarda, si algún día llegará a nuestra vida o si sólo permanecerá rondando del mismo modo en que lo hacen las abejas cuando perciben el dulce e, inesperadamente, clavan el aguijón. Quizá sea que la locura, lo mismo que las abejas cuando pican a una luna persona, actúan al azar y en matemáticas actuar de ese modo es, en sí mismo, un patrón, ¿cómo descifrarlo?

¿Cómo se ve la desesperanza?


jueves, 6 de marzo de 2008

Fue un 12 de enero

La mañana del viernes 12 de enero de 2007 sucedió uno de mis despertares más tristes... en radio Monitor anunciaban la muerte de Arrigo, él fue un erudito de esos como hay pocos y, sin embargo, era de una sencillez admirable, le emocionaba cuando los taxistas lo reconocían tan sólo de escuchar su voz y, entonces, de inmediato, lo bombardeaban con preguntas sobre el significado de cualquier palabra. Él tan lleno de palabras y yo con tanto silencio por su ausencia...
Y cómo no iba a ser sencillo si por varios años comió conmigo cada miércoles sin falta, él invitaba la cuenta y yo pagaba el taxi para dejarlo en la escuela de escritores de Sogem... era 60 años mayor que yo y siempre me escuchaba, se interesaba por mis problemas de veinteañera confundida y me daba claridad, me explicaba sobre cualquier cosa, abría horizontes que me ampliaban la perspectiva y, cuando le daba a leer mis textos decía que él los disfrutaría, más no los criticaría porque... "Yo no sé de literatura", y entonces lo quería más, mucho más, pues yo sabía que él, valga la redundancia, sabía de literatura y de casi todas las cosas que existen en el mundo, y no exagero.

Arrigo fue un erudito, definitivamente, pero, desde mi punto de vista, lo más valioso que tuvo fue la capacidad de tocar almas y, con ese simple hecho, transformarlas, y eso nadie me lo contó, mi alma lo conoció y se volvió otra, una mejor, más viva, más llena... más alma.

En 1997 me dio una autosemblanza para que la capturara en computadora, yo la guardé, Arrigo dijo de su vida:

Pese a haber nacido en Italia y de padre italiano, por la temprana desaparición de éste, a la edad de catorce meses quedó al cuidado de su abuela materna, mexicana. Con ella, a los dos y medio años, fue refugiado en Barcelona, España, al aliarse Italia a los países que se opusieron al imperialismo alemán en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

A sus seis años, siempre con la abuela, hizo una visita, en Rosario, Argentina, a una tía paterna que allá había emigrado. Entre las edades de siete a ocho y medio años, vuelto a Italia, vivió en la casa de su madre, en Milán, que prácticamente era el refugio del Consulado General de México.

Por todo lo anterior, su primera lengua fue el español, y apenas tuvo contactos con el catalán y el italiano. Por consiguiente, cuando lo trajeron a México, a mediados de 1921, no tuvo dificultad alguna para adaptarse al lenguaje capitalino, en cuyas más auténticas fuentes abrevó, hospedado en el número 13 de Isabel la Católica —zona lagunillera—, hizo su primaria en el 8 de la calle de la Perpetua (la prisión inquisitorial), hoy Venezuela. Deambuló por El Carmen, Tepito, Peralvillo, La Merced y el centro comercial de entonces. Allí estaba toda la vida de la Metrópoli: las facultades, los mercados, los teatros, los primeros cines, los cafés y los restaurantes. No es raro, pues, que le hubiese llamado la atención que, en un mundo tan disímbolo, la gente, de tan diversos estratos culturales, se comunicara sin dificultad en las más variadas circunstancias de contacto humano. Fue entonces cuando, el tratar de explicarse tal fluidez de convivencia, nació su vocación de lingüista.

Los reveses económicos —el famoso crack internacional de los primerísimos treinta— lo obligaron a hacer estudios perentorios en disciplinas ajenas a sus más acariciados intereses.

Orientado, por el ejercicio de actividades de oportunidad, hacia la práctica de la propaganda mercantil, se profesionalizó en la publicidad.

En ella, una vez estabilizado en un nivel cómodo, de prestigio y de holgura económica, resucitó la curiosidad por ahondar en los problemas que el lenguaje plantea como medio de relación social; comenzó a investigar y el ámbito publicitario propició que comenzara a publicar los frutos de sus investigaciones.

Compatibilizó profesión y afición: sus primeras cátedras fueron de redacción publicitaria; en su oportunidad enseñó semiótica. Actualmente es director de un centro de estudios de la comunicación, profesor de lingüística en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México, contribuye, con un artículo por número, a la dilucidación idiomática de los tecnicismos propios de una prestigiada revista sobre nutrición, y cada catorce días responde preguntas del público, acerca de significados de palabras, en un muy popular noticiario radiofónico. Atiende, regularmente, un servicio de consulta sobre propiedad y corrección redaccional en la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Legislatura del Distrito Federal.

De sus frecuentes incursiones en el periodismo ha logrado compilar cuatro libros: el primero, agotado; los dos siguientes, en el mercado; y el cuarto, en preparación para editarse.

Durante los cuatro lustros que mediaron entre 1935 y 1955, tuvo una intensa actividad como narrador en programas musicales, primero en radio y luego en televisión, sobre todo en controles remotos de ópera o de orquestas sinfónicas.

Buen aficionado —mejor que algunos profesionales— a la lingüística, reconocido comunicador (¿o comunicólogo?), magnífico tragón (casi gastrónomo) y prelibante de la música, sin distinción de géneros, y de la conversación amistosa, ha disfrutado de la vida —aparte de su felicidad doméstica (tres esposas, cinco hijos y nueve nietos)—, a lo largo de ochenta y cuatro años cumplidos, el autor de esta autosemblanza.
Arrigo Coen Anitua

viernes, 29 de febrero de 2008

Ella escribe

Y es una de las mujeres más felices que he visto.

miércoles, 27 de febrero de 2008

De los hilos vueltos cosas

Todo empezó con los hilos de estambre y el resorte intercalado, nació como cualquier calcetín lo hace. Desde que estaba en la máquina hiladora era muy ambicioso, soñaba en guardarse dentro de un zapato italiano (por lo menos), envolviendo un pie limpio, delicado, sin callos, sin hongos pero, sobre todo, sin ojos de pescado porque aún sin conocerlos los imaginaba repugnantes.

La ilusión empezó a derrumbarse cuando lo pusieron junto a su hermano gemelo, eran muy parecidos más nunca iguales. Sigfrido era perfecto mientras que Anastasio tenía un pequeño hoyo a la altura del talón, detalle que los hizo terminar en un rincón de saldos.

Justo cuando acababan de llegar al botadero, una mano tosca y sucia que parecía esperarlos los sacó del montón (el sueño del zapato italiano se había desvanecido, aunque en el fondo Sigfrido tenía la esperanza de ser lavado a mano, claro está, previo remojo en agua tibia y champú o, por lo menos, jabón de baño).

La pesadilla comenzó el día en que Fabián estrenó sus calcetines, eran las cinco de la mañana, mala hora para enfrentarse a un verdadero ojo de pescado, la impresión fue devastadora, después el sudor que lo empapaba, la tierra que lo endurecía y esa prisión de zapato maloliente, el día... eterno.

Necesitaba respirar después de tantas horas, estaba ya mareado, con nauseas y ascos —de no ser varón, parecería embarazado— sin exagerar: ¡al borde de la histeria! En eso estaba cuando por fin el aire lo inundó, lo mismo que la luz.

Fabián sin el menor cuidado se quitó los calcetines y los botó en el suelo. Sigfrido al contrario de enfadarse se sintió feliz, liberado. Martha se agachó a recogerlos pero Fabián la detuvo: “Déjalos mujer, todavía me aguantan otra puesta” ¿Otra?, ¡otra! Sigfrido, tan pulcro, se quedó impávido, protestó y protestó hasta caer dormido.

Amaneció, estaba de muy mal humor, refunfuñaba mientras que Anastasio reía como loco: “Te ríes porque sabes que esto es culpa tuya y de tu estúpido hoyo, de no ser por ti a estas horas dormiría limpio y con calcetines de seda”, Anastasio, sin parar de reír se permitió hablar: “Ay, ay, ay no exageres, ni que fueras tan fino”. Sigfrido sintió que los hilos se le revolvían del coraje, pero sobre todo del asco cuando Fabián le metió el pie.

Ese día fue aún más insoportable que el primero. Por la noche, después del trabajo obligatorio, Martha se encargó de los calcetines (estaban más duros que dos trozos de cartoncillo) ¿Y cómo no? Con 48 horas de uso y acelerador, freno, acelerador, freno, ¡qué fastidio!

Cuando cayó en la tina de ropa sucia Sigfrido chiflaba contento, se había olvidado de todo, hasta del ojo de pescado. A su lado estaban las pantimedias quienes coquetas le lanzaban tronados besos, él, apenadísimo, en lugar de corresponderlas se escondió entre la playera de lunares.

El silbido terminó cuando las prendas empezaron a caer dentro de una gran boca con dientes en forma de aspas, Sigfrido desesperado se aferraba a los bordes, la playera de lunares lo tomó con ternura de la punta, de inmediato el pantalón de mezclilla, bastante molesto, jaló a la playera, ésta se sacudió al tiempo que decía: “Suéltame, ya estoy harta de tu absurda conducta celotípica”, el pantalón de mezclilla cayó dentro de la boca metálica, entonces la playera de lunares le dijo a Sigfrido: “No pasa nada chiquito. Ya verás que al salir te sientes otro”, él no escuchaba, seguía prendado del borde, pero Martha sin corazón y sin miramientos lo arrojó a la lavadora, primero el agua fría, luego un puño de detergente.

Sigfrido se retorcía como gusano: “Me pica, me pica”, mientras que la tanga negra lo envolvía y le susurraba provocativa: “Disfrútalo nene”. ¿Disfrutarlo? ¡Cómo! Era necesario que alguien le explicara cómo disfrutar una experiencia tan caótica... vivía el desastre, en medio de ese huracán todos se ahogaban, se hundían unos a otros por conseguir un poco de aire —como náufragos perdidos en el océano—. Se veían… no se veían, de la orilla a las aspas, de las aspas a la orilla. Y el desquiciado del pantalón que aprovechaba la menor oportunidad para intentar ahorcarlo con su larga pierna, sólo porque la playera de lunares había confesado su amor por Sigfrido, ¿amor?, ella siempre se enamoraba de todos, no distinguía prendas, colores, texturas y mucho menos marcas.

Después vino el ciclo de secado: un remolino, Sigfrido sentía cada vez más tenso el tejido, con cada vuelta se hacía más y más pequeño. El remate fue el tendedero, le apretaba como si quisiera reventarle la costura, estaba tan cansado que ni notó las insinuaciones de las pantimedias, que aprovechaban el viento más ligero para llegar hasta él y acariciarlo, ¡y qué decir de la tanga negra a su lado! Él sólo deseaba dormir en un cajón, y así, colgado bajo la luz de la luna se quedó dormido.

El calcetín despertó hasta que Martha doblaba la ropa. Sigfrido encogió tanto como el hoyo de Anastasio había crecido; Martha furiosa los apretó con el puño y le dijo a Fabián: “Te he dicho que no compres porquerías en los saldos... ve en lo que se ha convertido tu ahorro. ‘Lo barato sale caro’ y lo sabes”. Sin soltar los calcetines sacó unas tijeras del delantal y empezó por cortar a Sigfrido que derramaba lágrimas y sentidos: “Ayy, ayy, ayy...”. “Te advierto que no estoy dispuesta a seguir haciendo cojines con las porquerías que compras, ¡quedan durísimos caray!, y un par de tus baratas cuesta lo mismo que medio kilo de esponja”.

De Sigfrido no se supo más, pero desde donde esté quizá lo que más valore sea no tener que soportar los ojos de pescado (que realmente son repugnantes), en especial los de Fabián, que no sólo se multiplican sino que crecen día con día.